jueves, 6 de agosto de 2009

"La edad de la inocencia", por Socorro Mármol Brís (Gaviola)


Tengo miedo, Ana. Tendríamos que hacer algo –dijo el pequeño tirando de la falda de su hermana con energía.
-¿Hacer algo? Pero, ¿por qué?, -respondió Ana tratando de calmar el creciente desconsuelo del pequeño.
-He vuelto a ver a mamá llorar, -sollozó él- y eso me da mucho miedo.
-¡No seas tonto! Es normal todavía que llore. Echa de menos a papá.
-Pero yo pensé que en Navidades…
-Las Navidades son un poco tristes para los mayores ¿sabes? Sobre todo, si faltan las personas a las que más queremos.
-Pero ella no llora por la muerte de papá.
-¿No?
-No. Ella me dijo que llora porque este año no vendrán los Reyes a casa.
-¡Ah! Es eso… ¡Vaya! Eso es peor…
-Sí. Me dijo que, como tiene tantas cosas en la cabeza, y está tan cansada con el nuevo trabajo, este año no habrá regalitos en casa porque se le olvidó escribir la carta a los Reyes. Me ha dicho que no habrá ni siquiera unos pocos caramelos.
-¡Pobre mamá! ¿Y si le confesáramos…?
-¡Ni se te ocurra! Sería terrible que se enterara tan pronto.
-Está bien. ¿Cuánto tienes tú en tu alcancía?
-Yo tengo poquito. Lo de mi último cumpleaños y algunas monedillas más. Pero puedo venderle a Gerardito el coche de madera que tanto le gusta; ese que me trajeron los Reyes el año pasado.
-Bueno. Yo, aunque me gasté un poquito en una flor para la tumba de papá, debo tener algo más. En mi primera comunión me echaron bastante y no me he gastado nada salvo lo de la flor.
-¿A ver? ¡Vaya! No hay mucho…
-Pero creo que podremos...
-¿Pero llega? Es que me da tanto miedo verla llorar...


* * *
Sofía no daba crédito a sus ojos. ¿Quién podía haberse acordado de ella y de sus hijos en un día tan señalado? ¿Y quién podía entrar en la casa que no fuera su marido…? ¡Pero él estaba muerto!
Miró por la ventana buscando en la oscuridad, sabiendo de antemano que no vería a nadie. Las calles estaban aún vacías, y la casa en silencio. Dentro de algunas horas, todos los niños del mundo descubrirían los regalos delante de sus balcones.
Delante del balcón del saloncillo de su casa había un collar de cuentas de vidrio de color rojo y ¡un puñado de caramelos para los niños!
Sus niños –pensó- debían dormir aún ajenos al milagro.


* * *
-Pero, Ana –susurró el pequeño mientras miraba la cara sonriente y hermosa de su madre. -Con lo que te gastaste en los caramelos podríamos haberle comprado a mamá la pulsera a juego con el collar…
-No seas tonto –contestó ella disimulando detrás de una sonrisa pícara-. ¿No te das cuenta de que si los Reyes no nos traían nada a nosotros ella sospecharía?
-Tienes razón, Ana. Es que aún soy muy pequeño y se me pasan esas cosas. Menos mal que estás tú.
-¡Bueno, no te preocupes! Pero recuerda que ella no debe saber todavía que los Reyes Magos eran papá. ¿De acuerdo?

María Socorro Mármol Brís (Gaviola), Madrid/Marbella, España

lunes, 3 de agosto de 2009

"Miedo a eso que tú y yo sabemos", por Mª Ángeles Cantalapiedra


Ya pasó… Fue como una tormenta de verano de efectos devastadores; anoche recogí los desperfectos. Caí desplomada en sueños que ni recuerdo. El temor, por unos días, había habitado en mi alma haciéndose dueño de mi persona y, tan egoísta, que apenas me dejaba respirar. El pecho se me hacía chico y la incógnita hacía que las palabras nacieran entrecortadas. Los pensamientos iban y venían jaleados por el miedo a esa palabra que no tiene fronteras, ni clases ni condición. Si llega, sólo te queda la fortaleza de espíritu y la esperanza de ir tirando. Mientras, la espera se hacia espesa, negra y mi fe yacía en los silencios más oscuros. Hoy, con el rocío temprano, mi piel se estremecía y yo con ella. Me sentía tan viva como este día que comenzaba a deshojarse entre mis horas. Era, es, una sensación revitalizante. Aún sabiendo que soy gaviota de paso por estos mares, quiero seguir dando a la tecla de mis vivencias sin la sombra dañina que asola a tantas mujeres cortando de cuajo sus minutos más intensos.… Hoy, cuando mis ojos se han hecho con la luz, y mi corazón ha vuelto a latir con el rugido de la calma vestida de paz, de nuevo he vuelto a dar gracias a mi Dios por esta tregua que me ha regalado.


PD. Dedicado a todas la mujeres que son símbolo de lucha contra el cáncer de mama.

MªÁngeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

domingo, 2 de agosto de 2009

"El miedo", por Cati Cobas


Tendrá miedo? Abre sus ojos casi ciegos como si volviera a darle nombre a cada cosa, a cada pequeño detalle del mundo exterior, más allá de las cuatro paredes de su casa. Hace tanto que se ha hecho dueña del silencio. Más de diez años ha pasado casi muda, entre sus muebles, sus plantas y esa ventana a la que se asomaba, apoyada en su bastón de tres patas.

¿Tendrá miedo? Aurora, sentada en el coche que la lleva a otro lugar que no es el suyo, decide no llorar. "No quiero dar gusto a los vecinos". "Me has cuidado mientras has podido, hija, nada nos debemos". (Eso quise entender anoche mientras nos despedíamos). Mamá no llora. Hubiera querido que lo hiciera. Me sentiría mejor, lo juro. Pero Aurora –sigue siendo Aurora- contempla el mundo mientras el coche avanza hacia su nueva casa.

¿Tendrá miedo? ¿Podrá sobrevivir a este tajo infernal? ¿A esta estocada que mi cansancio y la vida le dan con noventa años a cuestas? Está de espaldas a mí, y sonríe al conductor. Espía las calles, los edificios, con curiosidad. Comprende que vivirá en un barrio que no es el nuestro. ¿Tendrá miedo?

El coche llega a destino. Bajamos sus cosas -¡qué poco necesitamos al final de la vida!- y Aurora entra a la que será su nueva casa. ¿Tendrá miedo?

Otra vez los ojos, redondos y asombrados. La recibe la médica encargada del lugar. Aurora se da a entender, procura ser amable y atenta. Hasta simpática. ¿Tendrá miedo?

La acompañan a conocer su habitación, los sitios y la gente que reemplazarán en lo cotidiano la vida familiar y un tanto desquiciada a la que estaba acostumbrada con dos adolescentes en rebeldía dando vueltas por nuestra casa. ¿Tendrá miedo?

Aurora almuerza con apetito, y yo salgo un momento por un café porque losresponsables del lugar así lo sugieren. ¿Tendrá miedo?

Mi corazón y mi estómagoson uno de puro dolor y encogimiento. No debimos tomar esta decisión. ¿Y si muere de pena ahora mismo? ¿Qué hará por las noches cuando no nos vea? ¿Tendrá miedo? ¿La atenderán bien? ¿Serán crueles con ella? ¿Podrá darse a entenderentre extraños? ¿Tendrá miedo?

Colocamos en su mesa de luz la imágen de la Virgen de Lluc, que la acompaña desde hace un tiempo, junto a un portarretrato con una foto de la última Navidad y un pequeño florero con flores celestes, que pensé podía gustarle. La abrazo en su nueva cama, en la que se dispone a descansar a la hora de la siesta.

Ya no tengo nada que hacer ahí. Volveré al día siguiente.

La casa está en silencio. Su cuarto: vacío. También mi corazón.

Lloro por las dos y por la vida. Regreso día a día porque no puedo quitarme la pregunta de la entraña. Es como separarse de un bebé recién nacido. Aurora me parece extremadamente frágil. Debe tener miedo aunque me sonría cada vez que llego, y me asegure que no hace falta que regrese todos los días para verla porque está bien y la atienden mejor. ¡Tiene que tener miedo…! ¡Me lo oculta, sin duda! ¡Su amor de madre es más fuerte que los deseos de llorar y de quejarse por su nueva situación! ¡Por eso disimula sus temores y sus incomodidades!

Día tras día vuelvo, obsesivamente y a distintas horas. Tengo que ver el miedo en sus ojos en algún momento.

Llegue cuando llegue, Aurora está tranquila, sonriente, contempla el jardín, a sus compañeras y compañeros, guiña un ojo a la mucama, que le alcanza un vaso de agua. ¿Estará mejor que con nosotros?

Este jueves voy a verla, y la encuentro tratando de colocar en un tablero de lotería los números de las bolillas que la terapista ocupacional canta en el bingo. En unas horas, un peluquero le arreglará el cabello. ¿Tendrá miedo?

¡Ay Aurora! Con noventa años a cuestas todavía puedes sorprenderme y enseñarme. Darme lecciones de flexibilidad y de coraje. Como buena maestra me estás regalando tu sabiduría, que espero aprovechar. Pero eso sí: en cuanto pueda digerirla.

Porque, mami, la que tiene miedo ahora soy yo, definitivamente, yo, tu hija...

Cati Cobas, desde Buenos Aires, Argentina

"Cat", por Luis Alfredo Alcocer


No le gustaban los gatos, en realidad no le gustaba ninguno de los animales llamados "domésticos", sentía animadversión, asco, hacia sus babas, sus pelos, sus excrementos..., pero, en particular, desde muy pequeño odiaba a los gatos más que a ningún otro animal casero. Por eso, cuando un día aparecieron su mujer y su hija con uno de ellos en una cestita, cogió un cabreo monumental:
-¡Mira, Papá, me lo han comprado Mamá y la abuelita de regalo de cumpleaños!

-Pero, vamos a ver, ¿no os he dicho mil veces que no quiero animales en casa? Y tú, Araceli... ¿Cómo le compras eso a la niña? ¡Claro, habrá sido tu madre que siempre anda buscando la manera de tocarme las narices!
-¿Te quieres callar, Enrique?... Vas a acabar haciendo llorar a Toñi... ¿No ves lo ilusionada que está? Era cierto, la niña había cambiado su sonrisa por un gesto compungido..., estaba a punto de empezar a llorar. Enrique era un buen hombre, no soportaba ver triste a un niño y mucho menos a su única hija. Toñi, sólo tenía nueve años, era su debilidad, su ojito derecho, nunca había sido capaz de negarle nada. Trató de explicarse:
-Mira, Toñi, es que los animales son un problema dentro de las casas. Al principio se hará caca en todos los lados, se pondrá enfermo muchas veces, llenará todo de pelos..., luego, cuando sea mayor tendrá otros problemas.
-¡Cuidado, Enrique, no seas animal...! ¿A ver que le vas a decir a la niña?
Miró a su hija, dos pequeñas lágrimas estaban resbalando por sus mejillas. Acarició su cabeza...
-Bueno, bien está, pero luego no digáis que no os he advertido. Toñi volvió a alegrar su carita.
-Gracias, Papá. Ya verás como no te vas a enterar de que está en casa... Va a ser muy bueno. ¿Verdad, Pichín?. Le vamos a llamar Pichín, ¿sabes...?
Enrique sonrió con un gesto forzado y volvió a su despacho. El gato, la suegra, su mujer y, sobre todo, su hija le habían ganado la batalla casi sin esfuerzo. Procuró hacer, a partir de ese momento, como si el gato, Pichín, no existiera...
... ...
Pasaron dos meses casi sin problemas. Él trataba, tal como se había propuesto, de ignorar al gato... Durante ese tiempo, hizo como si no viera las mierdas que el tal Pichín iba dejando en cualquier lugar, se hizo el sordo ante los maullidos nocturnos, se cepillaba los pelos que permanentemente llevaba pegados a la ropa... Y, como única venganza, cuando nadie le veía, daba una leve, ligera patada al gato en el culo; cuando esto pasaba, Pichín le miraba con auténtica expresión de odio, enseñaba los dientes y bufaba al tiempo que erizaba sus pelos. Enrique le sonreía, no le tenía ningún miedo, y repetía su mínima patada. Esa era su única relación con el gato. Una mañana de domingo, él estaba leyendo el periódico, se acercó su hija:
-Papá, Pichín me ha dicho que no quiere que le volvamos a llamar así... Que él es inglés y quiere que le llamemos Cat. Así que ya sabes...
Enrique procuró esbozar su mejor sonrisa:

-Mira, Toñi, los gatos no hablan, ¿sabes?... Yo creía que sí lo sabías. Los gatos maúllan, pero, aunque sean tan guapos e inteligentes como Pichín, no pueden hablar porque...
La niña le interrumpió:
-No seas bobo, Papá... Él habla desde hace mucho, pero sólo conmigo y, ya te he dicho, no vuelvas a llamarle Pichín, no le gusta.
Pensó que lo mejor era seguir la corriente a su hija. Ya se le pasaría, eran cosas de niños. Quince días después, su hija, antes de irse a la cama, volvió a hablarle del gato:
-Papá, Cat me ha dicho que no le gustáis nada ni Mamá ni tú... Que vosotros hacéis siempre lo que os da la gana y, a mí, no me dejáis ni respirar, que no sois buenos conmigo.
Como es natural, Enrique se preocupó... Esa misma noche habló con su mujer:-Araceli, vamos a tener que regalar el gato... –le explicó lo que su hija le había contado.Su mujer, dudaba:
-No sé..., pueden ser cosas sin importancia, ya sabes la imaginación desbordante que tiene Toñi. Aunque, por otro lado, eso que dice de nosotros dos... Tal vez tengas razón, déjame que hable con ella mañana y, si todo es como dices, nos quitamos al gato de encima; además, yo ya estoy empezando a cansarme de él. A la mañana siguiente, Enrique encontró a su mujer muerta en el suelo de la cocina. Dentro de la pila, había un vaso medio lleno de líquido y una botella de lejía tumbada, con el cuello sobre dicha pila.
-Está muy claro –le explicó la policía-, su mujer ha bebido, pensando que era agua, de este vaso que por desgracia se había llenado de lejía. Ha sido una triste casualidad, también es mala suerte que se vuelque una botella sobre un vaso. No sé como ha podido pasar. Enrique estaba atónito, no asimilaba lo que había pasado, no entendía nada..., hasta que vio, en un rincón de la cocina, al gato, sus ojos brillantes y, no cabía duda, una maligna sonrisa en su boca. Cuando volvieron del tanatorio, le dijo a su hija:
-Toñi, vamos a llevar al gato a la tienda... y, si no le quieren allí, lo regalaremos a quien sea, pero no puede seguir en casa. La niña empezó a llorar con una rabia como nunca le había visto. Temblando y a gritos le contestó:

-¡Ni lo sueñes Papá, si lo haces me escapo de casa. Cat es mi único amigo, no podría estar sin él, le quiero más que a ti... Además, no te lo había dicho, me ha asegurado que cuando pase un poco más de tiempo, nos vamos a ir a vivir juntos los dos solos! Le siguió la corriente, ella estaba fuera de sí. Decidió ir al día siguiente a un médico, a un psiquiatra infantil, su pobre hija no estaba bien. Cuando la niña se acostó, Enrique fue en busca del gato. Le odiaba más que nunca. Le vio en el pasillo, desafiante, la misma sonrisa de maldad en su boca, ensus ojos.

-¡Maldito seas, gato! –le intentó dar una patada, pero el animal se apartó:

-¡Maldito tú, cabronazo! Y sé más obediente, te han dicho que me llames Cat...Ah, el próximo en caer vas a ser tú –le respondió, claramente, el gato. Enrique quedó paralizado, pensó que se había vuelto loco..., pero no, aquel monstruo asesino hablaba, la pobre Toñi tenía razón. Estuvo toda la noche en vela; no podía decir la verdad a nadie porque pensarían que se había vuelto loco, tampoco podía matar o sacar al gato de lacasa, su hija le odiaría siempre y, seguro, acabaría traumatizada... Y, a él, quién realmente le importaba era su hija. A la mañana siguiente, tras dejar a Toñi en el colegio, fue a ver a un psiquiatra, uno de los más conocidos. Le explicó, como buenamente pudo, todo lo referente a la niña desde que compraron el gato.

-Lo de su hija no es frecuente, pero está tipificado dentro de la psiquiatría. Los niños tienen una imaginación tal que, en cuanto esta confluye con aspectos emocionales, les hace confundir la realidad, llegando a creer que aquello que imaginan ha sucedido realmente. Su hija, a la que el cariño hacia su gato le hace suponer que este habla...

-No, espere –le cortó Enrique-, tal vez no me he explicado bien. El gato habla, como usted y como yo..., anoche me llamó cabronazo y dijo que me asesinaría igual que hizo con mi mujer.El psiquiatra le miró, se levantó de su asiento:-Venga, túmbese aquí y vuelva a contarme toda la historia del gato a partir del día que lo compraron...
... ... ...... ... ...

Hace dos años que conozco a Enrique. Cuando ingresó en el Centro le asignaron la celda dónde yo estaba, habitación la llaman. Yo llevaba allí tres años, desde que denuncié que mi perro hablaba, había intentado asesinarme y se acostaba con mi mujer. Enrique y yo hicimos buenas migas, es natural..., ambos sabemos que el otro no está loco, no miente. El sábado pasado estaba contento; por primera vez, desde que entró aquí, venía su hija a verle. Como yo también tenía visita, salimos juntos a la sala de encuentros. Enseguida reconocí a Toñi, él me había explicado como era; además, no cabía duda, llevaba en brazos a un gato que sonreía maléficamente.
-Hola, Papá. Miré a Enrique, su cara era una mezcla de dolor, asombro, pena, estupor..., no se puede explicar.

-Pero, Toñi...

-Espera, Papá, no digas nada aún. Él quiere saludarte.Y el gato habló, lo juro:

-Hola, cabrón. Procura portarte bien..., y a ver que le dices a tu hija o la próxima será ella. Ah, y no se te ocurra llamarme gato, me llamo Cat.
... ... ...

Esa noche encontré al bueno de Enrique ahorcado en nuestra celda. Era lógico, lo esperaba..., yo hubiera hecho igual.

Luis Alfredo Alcocer, desde Madrid, España

"Menos de seis centímetros", por Luis Alfredo Alcocer



¡Para una vez que ligo...!, por más empeño que pongo no consigo

localizarla, está tan bien emboscada qué me es imposible encontrarla.


Y, mientras, la rubia de la cama se está cansando de esperar...


Luis Alfredo Alcocer, desde Madrid, España

"Poemas cortísimos sobre el miedo", por Luis Alfredo Alcocer


MIEEEEDO


Puede que sea,

que sólo sea,

el murmullo del viento

que hace crujir las hojas secas

el que mueve las puertas,

tal vez la oscuridad,

pero,

en la soledad,

a veces,

en silencio,

creed,

yo siento

mieeeeeedo.


-o-


¿...?


¿Por qué las máscaras

de la pared

me miran de reojo

cuando estoy solo en casa?


-o-


NO...


No vuelvo más a casa...:

la lavadora habla


-0-


DIENTES


Hay una dentadura

sobre la mesa;

quieta, muy quieta...

Debe estar muerta.


-o-


LAVADORA


Si mañana no amanezco

¿qué será de mi Balay?



Luis Alfredo Alcocer, Madrid, España

"Miedo", por Mariángeles Cantalapiedra


El miedo nunca se pierde, no te engañes. Está ahí agazapado esperando su momento, la oportunidad para encogerte el ánimo, roer tus entrañas y hacerse el amo de la situación.
Yo creía haberlo despistado porque el tiempo extravía muchos recuerdos, sin embargo esta mañana me estaba esperando tan embustero como entonces, tan dañino como hace años.
... Bajaba la cuesta camino del trabajo, la mañana era bonita y suave, solitaria porque es verano. No había coches, no había gente... De lejos le vi llegar, no había nadie más: él y yo. Venía tranquilo, de frente, me sonreía –en aquel entonces yo le sonreí también, nada me hacía sospechar lo contrario-, incluso silbaba mientras se acercaba.
Miré a un lado y a otro; nada, sólo el sonido de nuestras pisadas. Hasta los pájaros estaban mudos. Mientras nos íbamos acercando el uno al otro, cada vez más cerca. Mi rostro se congeló aunque mis pasos seguían sin titubeo. De sobra sabía que la experiencia es un grado, para bien y para mal, y que aquella cara que cada vez la veía con más nitidez, no era lo que parecía. Seguro que cuando estuviera a mi altura se abalanzaría toda ella sobre mí como una sombra negra y volvería a suceder lo de antaño.
En décimas de segundo volvió a pasar ante mí la película que el olvido había tragado, las risas mordaces de aquellos dos hombres que creí inocentes trabajadores de regreso a casa, y que posaron sus manos sobre mis brazos, primero, y después mi vestido, el pelo...
He tragado saliva y mis piernas se han negado a continuar; me he quedado pegada al asfalto cual estatua de hielo derritiéndose ante el terror; he cerrado los ojos y he bajado la cabeza.
... Algo o alguien ha rozado mi hombre, no sé qué me ha dicho; he abierto los ojos. No he visto a nadie. Estaba sola, no pasaban ni coches ni gente. A mis pies una paloma comiendo una migajas.
Me he besado mentalmente, secado una lágrima furtiva, y animado a reanudar el camino; "Ya se fue", me he dicho.
En casa se enfadan conmigo porque me asusto con enorme fragilidad; quien no ha experimentado esta clase de pánico, no sabe lo qué es...

MªÁngeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

"Presagios", por Rosa María Arroyo


Negra sombra que agoniza en mis manos
desde el fondo, expirando nieblas.
Todo tiende hacia el centro
como puñales oscuros que se adentran en la carne.

(Un dolor agudo, férreo,
arrincona la desfallecida esperanza)

No descargó la nube
pero aún cimbrean en lo hondo
aceros secos y clarividentes,
visionarios de aquello que está por llegar...

y tengo miedo.

Rosa M. Arroyo, desde Madrid, España

domingo, 19 de julio de 2009

“Las manos del fantasma” por Lola Bertrand


A los siete años cualquier sombra que se te cruce es una amenaza y causa sobresalto, si además eres una niña miedosa - como yo era- eso se multiplica por mil y… cualquier sombra es la Santa Compaña seguida por todos los terrores del universo.
Todo empezó con la muerte del papa Pio XII, creo que ocurrió a mediados del año 58. Las monjas nos comunicaron que durante tres días había que guardar luto riguroso en el colegio. Yo, ingenua de mí pensé que el Papa Pio XII estaba muerto dentro del colegio. Pasé del miedo al terror cada vez que pasaba por delante de la parte destinada a clausura de las monjas. ¡Mi creencia era que lo tenían allí escondido!

El colegio estaba ubicado en un edificio de tres pisos; en el segundo estaba la clausura de las monjas y en el tercero nuestros dormitorios. La cosa no era un problema si ibas acompañada de las demás, pero un par de días a la semana tenías que subir sola, a media tarde, para bañarte.
Esa es otra: ¡había que bañarse vestida! , lo juro por Santo Jesusito de las llagas eternas. Eso si, como era pequeña las monjas tenían conmigo una deferencia: mi peto para el baño estaba confeccionada con una tela de muñequitos de Disney.

Corramos un tupido velo porque yo casi que ya me olvidé de aquellos "extraños" baños colegiales en los cuales una monja - sentada en una silla - te iba dirigiendo la esponja y la mano…
Lo cierto es que quince días después de la defunción del Papa murió una monja en el colegio: la hermana Amalia, era muy vieja, yo nunca la había visto, pero me entró un miedo cerval al pensar que su alma andaba perdida vagando por el colegio.

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y yo me habría olvidado de todo si no llega a ocurrir uno de los sucesos más tremendos de mi vida. Una noche decidí acostarme antes que nadie, nuestro chalet constaba de dos pisos y semi-sótano y en el último estaban el dormitorio de las niñas. No recuerdo el porqué, pero la luz de mi cuarto se hallaba entre la cama de mi hermana mayor y la mía.
¡¡Tenía que atravesar todo el dormitorio a oscuras!!

Iba temblando, ¡lo juro! , el Papa y la hermana Amalia se fundían en mi mente cuando al ir a encender la luz unas manos agarraron mis tobillos desde debajo de la cama…
Casi se me para el corazón cuando aquellos dedos helados agarraron mis tobillos. La risa prepotente y burlona de mi hermana mayor llenó la habitación y en aquel instante me nació el trauma "del muerto bajo la cama".

Mi mente se llenó de un solo pensamiento: ¡me vengaré!

Y tuve suerte unos días después, al entrar en el dormitorio, me encontré a mi hermana durmiendo la siesta: ¡se la veía tan desprotegida!, respiraba con regularidad y seguramente que soñaba con algo hermoso. Silenciosamente cogí unas pinzas metálicas, con afiladas púas, que solía ponerse mi madre para ondular el pelo y en un rápido movimiento le atrapé con una la nariz y con dos más las orejas…

Fue un placer verla despertarse, gritando y desorientada sin saber que era lo que la pasaba. Yo era una niña buena, pero hay cosas que una no puede consentir.

Lola Bertrand, desde Gijón, España

“Memoria corta” por Carmen Amaralis Vega Olivencia


Se quedaba llorando a lágrima viva. Gritaba y sollozaba, pidiéndole que no sefuera. Había tardes en las que se agarraba a su falda tan fuertemente con sus manitas frágiles de niña delgada, delgadísima, con el miedo de no volver a verla más. La tía Cocó la subía a sus brazos y trataba de calmar su llanto con algún cuento inventado al momento. En unos segundos la niña dejaba de llorar, fascinada por tocar de cerca el cabello rojo y las miles de pecas de esa tía que quería tanto.

Siempre, para el mes de julio, Carmiña aceptaba un trabajo a tiempo parcial en las tardes para tener dinerito extra y poder comprarse el traje de marinera con gorra blanca de capitán de barco. Le gustaba ir de nuevo y estrenarlo todo el día de la Virgencita del Carmen.

Esos diez días antes del 16 de julio eran un gran acontecimiento para el Pueblo.Se celebraban las fiestas patronales con música en tarima y máquinas de diversión, y los marineros del pueblo adornaban con flores la capilla construidacon sus propias manos frente al muelle. La imagen de la Virgen era de las más bellas jamás vista, de tamaño humano, y con el bello niño entre sus brazos.
Todas las noches de la verbena las familias de los marinos y pescadores le rezaban el santo rosario y le cantaban canciones a la Virgen entre reverencias y gozos. Pero el día cumbre era el 16. Ese día desde temprano los pescadores sacaban al mar sus barcazas forradas de flores, vestían trajes de marineros blanquísimos. La familia entera se daba el paseo en la lancha, regando con las flores el marazul. La barca más grande, la de Don Jaime, era donde se le daba el paseo a laImagen de la virgen por toda la bahía. Tempranito se arremolinaban las monjas, el párroco y por supuesto, las beatas con ramos de flores y vestidas de blanco. Y allí entre la multitud estaba Carmiña. Siempre se las arreglaba para que la acomodaran entre las monjas con su gorra de marinera y sus grandes ojos azules,más piadosos que de costumbre.

Pero a los niños muy pequeños la policía no los permitía subir a las barcazas, y allí quedaba Tita gritando a todo pulmón en los brazos de la Titi Cocó.

Tengo sentimientos encontrados con ese día 16, Me llamaron Carmen, mi madre se llamaba Carmiña y mi abuela Carmita, pero en mis vagos recuerdos de la niñez temprana, siempre ese día surgen con un terrible miedo en el centro del estómago. Percibo una mezcla de llanto y vientos marinos con olor a mar, y un remolino de flores, vírgenes, cabello rojo y pecas flotan en mis recuerdos.

Por suerte los niños tienen memoria corta.

Carmen Amaralis Vega Olivencia, desde Mayagüez, Puerto Rico

miércoles, 15 de julio de 2009

"Frivolidad oculta", por Carmen Amaralis Vega Olivencia


El mundo gira buscando embelezo. Y desde sus orígenes la seducción en parte del plan concertado del universo para preservar la especie humana. Como parte del juego del amor, entre las hembras siempre han existido toda clase defrivolidades: evidentes, disimuladas y ocultas.
En los tiempos modernos la frivolidad evidente resalta ante tus ojos en lentejuelas multicolor y rouge, tacones de cuatro pulgadas y perfumes tan violentos que al menos sensible le causan alergias y lagrimeos de ojos.Pero las frivolidades disimuladas son las que el público en general prefiere. Un suave lápiz labial, un pequeño lunar sobre el labio, pestañas alargadas por el rimel y un botón sin cumplir su función directamente abierto sobre el encaje del brasier o sostén, como que no quiere mostrar, pero muestra.
Creo no padecer de estos arrebatos de frivolidad aquí mencionados, pero tengo un padecimiento oculto que me lleva a la locura. Lo denomino la frivolidad del aseo personal del baño. Poseo cientos de potingues para ese ritual: espumas aromáticas, suavizadores de piel, esponjas naturales para producir el burbujeo, limas de calcite para los talones, y una regadera que cambia de intensidad y llega a dar unos masajes fabulosos en la nuca y la espalda baja. Con su chic chic chic chic chic consigue relajar hasta los músculos más tensos del cuerpo, mientras dejas correr el agua sobre las espumas embriagantes con aromas de jazmines, lavanda, claveles, pétalos de rosas, de acuerdo con el día y los estados de ánimo.
Nunca me encontrarán con tacones altos, ni mucho menos mostrando la comisura de mis senos, pero si te acercas a mi cuerpo, notaras ese embrujo de frivolidad oculta, completamente pulcra y matizada con un suave olor a flores. Entre las prisas del diario vivir, tengo ese regalo para mí cada tarde, al llegar a mi hogar. Ese baño en cremas y fragancias me despierta del marasmo del día, y me recuerda sutilmente que soy mujer, y por suerte, mi duende lo sabe apreciar.

Carmen Amaralis Vega Olivencia, desde Mayagüez, Puerto Rico

"Los niños no duermen" por Lola Bertrand


Los niños no duermen por las noches, yo lo sé bien, los escucho en cuanto el sol se oculta cantando en la plaza del pueblo…
Todos piensan que están durmiendo: sus padres, sus familiares. Los imaginan en sus camas, con esas caritas angelicales de "yo soy virgen y puro…"
Pero… yo los escucho y me producen tal pavor, que soy incapaz de descorrer el visillo de mi ventana, y mirar. No sé cuántos ni quienes son, por eso, después de mis noches en vela, los observo a la luz del día para tratar de descubrir huellas de maldad o de insomnio en sus rostros…
¡Parecen tan ingenuos bajo la luz del sol!
Pero yo sé que fingen: hay algo maligno en el fondo de sus ojos.
¡Si pudiera confiarle a alguien lo que oigo y percibo!
Pero… ¿a quién?, mi esposo dice que todo son imaginaciones mías; que él no escucha nada. ¡Qué va a escuchar!, si duerme lo mismo que los troncos de la leñera; no se percató del terremoto de 5,4 grados que hubo hace tres años, ni se despertó el día en que su hermana aporreó la puerta en plena noche huyendo de su esposo que la maltrataba…
Él no me sirve: yo sé bien que los niños no duermen por la noche. Escucho sus cantos lúgubres y se me ponen los pelos de punta, pero no puedo dejar de escuchar; aunque me tape los oídos me traspasan sus voces cristalinas y de apariencia frágil, cantando las miserias que los rodean.
A veces sus cantos se transforman en aullidos, otras en "mantras"ininteligibles, palabras encadenadas que parecen no tener sentido, sin embargo a mi se me clavan en la piel como si fueran dardos…
Los niños no duermen por las noches, y por su culpa, yo, tampoco. Me ha dicho el ginecólogo que la semana que viene, a más tardar, me tendrá que operar…
-Después de cuatro abortos seguidos, pienso que, lo mejor es que te sometas a una histerectomía total*; el próximo embarazo podría ser mortal para ti, -me aconsejó…-Lo pensaré, -contesté-, mi máxima aspiración es llegar a ser madre…

Lola Bertrand, desde Gijón, España

"Miedo" (Confidencia) por Pilar Moreno Wallace


Llega por fin ese momento: estremecida en lo más hondo, mi corazón estalla en miles de latidos y acelera sus golpear doloroso dejando huellas de calor en la piel. Sorprendido el aliento, gime entrecortado entre mis labios que dibujan palabras que nadie puede oír. Ciegas las manos, confío en abrazar el aire y al cerrar los ojos el sonido me trae el miedo más cerca hasta que me siento suspirar...

Pilar Moreno Wallace, desde Deventer, Holanda

"Temor escondido" por Pilar Moreno Wallace


Me cerca un tiempo en el que no cuajan las palabras, y sólo irrumpen muecas de obsesionados vacíos. Sombras y abandonos sofocan mi voz en el silencio del blanco, y me duelo de perezas disfrazadas de olvido en plenitud: es el principio de la derrota, el límite enigmático entre la fertilidad y la carencia. El fin de mi infinito.

Me asomo desde mis letras al campo de la memoria: una cosecha pobre de palabras y un exceso de soledades me conmueven. Me tiene inquieta esta desidia, esta falta de duende. No sé cómo acudir al reclamo de mi impaciencia, ávida de engendrar imágenes, de vestirlas de sugerencias, balanceándolas en una cadencia fructífera y vital. Ahora es otro el sentimiento que escribe mi destino en un lenguaje yermo y de abandono, y es el grito por esa pérdida de la palabra no nacida, lo único que aún mantiene el eco en indecisos rasgos sobre el papel.

Pilar Moreno Wallace, desde Deventer, Holanda

"Emociones" por Alix Rosales-Fazio


No se imaginan qué es sentir miedo, miedo auténtico, como cuando sientes pegados los pies y no puedes escapar. Escondida esperas que eso que te espanta, atrozmente, no pueda encontrarte. Continúa su asecho en donde estés: debajo de las sábanas o de la cama, detrás de la puerta, dentro del armario. Sientes las pisadas: tac, tac, tac de tacones, mientras el tic tac del reloj se confunde con tun, tun, del latido del corazón. Tiemblas y sudas frío.
Tus monstruos finalmente te atraparán...

Despiertas sobresaltada. Miras entorno y sigues ahí, en tu cama, completa, sin daño físico alguno. Respiras profundo y descargas la tensión. Mientras dentro de la alcoba se pasea de frente al espejo tu hija de dos años, calzando el par de Gucci que compraste el día de ayer, además maquillada con el lápiz de labios Elizabeth Arden y tus gafas oscuras RayBan, ¡te dan ganas de asesinarla!, pero... ¡qué bella, imitándo a su mamita!

Alix Rosales-Fazio, desde Catania, Italia