domingo, 19 de julio de 2009

“Las manos del fantasma” por Lola Bertrand


A los siete años cualquier sombra que se te cruce es una amenaza y causa sobresalto, si además eres una niña miedosa - como yo era- eso se multiplica por mil y… cualquier sombra es la Santa Compaña seguida por todos los terrores del universo.
Todo empezó con la muerte del papa Pio XII, creo que ocurrió a mediados del año 58. Las monjas nos comunicaron que durante tres días había que guardar luto riguroso en el colegio. Yo, ingenua de mí pensé que el Papa Pio XII estaba muerto dentro del colegio. Pasé del miedo al terror cada vez que pasaba por delante de la parte destinada a clausura de las monjas. ¡Mi creencia era que lo tenían allí escondido!

El colegio estaba ubicado en un edificio de tres pisos; en el segundo estaba la clausura de las monjas y en el tercero nuestros dormitorios. La cosa no era un problema si ibas acompañada de las demás, pero un par de días a la semana tenías que subir sola, a media tarde, para bañarte.
Esa es otra: ¡había que bañarse vestida! , lo juro por Santo Jesusito de las llagas eternas. Eso si, como era pequeña las monjas tenían conmigo una deferencia: mi peto para el baño estaba confeccionada con una tela de muñequitos de Disney.

Corramos un tupido velo porque yo casi que ya me olvidé de aquellos "extraños" baños colegiales en los cuales una monja - sentada en una silla - te iba dirigiendo la esponja y la mano…
Lo cierto es que quince días después de la defunción del Papa murió una monja en el colegio: la hermana Amalia, era muy vieja, yo nunca la había visto, pero me entró un miedo cerval al pensar que su alma andaba perdida vagando por el colegio.

Llegaron las vacaciones de Semana Santa y yo me habría olvidado de todo si no llega a ocurrir uno de los sucesos más tremendos de mi vida. Una noche decidí acostarme antes que nadie, nuestro chalet constaba de dos pisos y semi-sótano y en el último estaban el dormitorio de las niñas. No recuerdo el porqué, pero la luz de mi cuarto se hallaba entre la cama de mi hermana mayor y la mía.
¡¡Tenía que atravesar todo el dormitorio a oscuras!!

Iba temblando, ¡lo juro! , el Papa y la hermana Amalia se fundían en mi mente cuando al ir a encender la luz unas manos agarraron mis tobillos desde debajo de la cama…
Casi se me para el corazón cuando aquellos dedos helados agarraron mis tobillos. La risa prepotente y burlona de mi hermana mayor llenó la habitación y en aquel instante me nació el trauma "del muerto bajo la cama".

Mi mente se llenó de un solo pensamiento: ¡me vengaré!

Y tuve suerte unos días después, al entrar en el dormitorio, me encontré a mi hermana durmiendo la siesta: ¡se la veía tan desprotegida!, respiraba con regularidad y seguramente que soñaba con algo hermoso. Silenciosamente cogí unas pinzas metálicas, con afiladas púas, que solía ponerse mi madre para ondular el pelo y en un rápido movimiento le atrapé con una la nariz y con dos más las orejas…

Fue un placer verla despertarse, gritando y desorientada sin saber que era lo que la pasaba. Yo era una niña buena, pero hay cosas que una no puede consentir.

Lola Bertrand, desde Gijón, España

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