jueves, 6 de agosto de 2009

"La edad de la inocencia", por Socorro Mármol Brís (Gaviola)


Tengo miedo, Ana. Tendríamos que hacer algo –dijo el pequeño tirando de la falda de su hermana con energía.
-¿Hacer algo? Pero, ¿por qué?, -respondió Ana tratando de calmar el creciente desconsuelo del pequeño.
-He vuelto a ver a mamá llorar, -sollozó él- y eso me da mucho miedo.
-¡No seas tonto! Es normal todavía que llore. Echa de menos a papá.
-Pero yo pensé que en Navidades…
-Las Navidades son un poco tristes para los mayores ¿sabes? Sobre todo, si faltan las personas a las que más queremos.
-Pero ella no llora por la muerte de papá.
-¿No?
-No. Ella me dijo que llora porque este año no vendrán los Reyes a casa.
-¡Ah! Es eso… ¡Vaya! Eso es peor…
-Sí. Me dijo que, como tiene tantas cosas en la cabeza, y está tan cansada con el nuevo trabajo, este año no habrá regalitos en casa porque se le olvidó escribir la carta a los Reyes. Me ha dicho que no habrá ni siquiera unos pocos caramelos.
-¡Pobre mamá! ¿Y si le confesáramos…?
-¡Ni se te ocurra! Sería terrible que se enterara tan pronto.
-Está bien. ¿Cuánto tienes tú en tu alcancía?
-Yo tengo poquito. Lo de mi último cumpleaños y algunas monedillas más. Pero puedo venderle a Gerardito el coche de madera que tanto le gusta; ese que me trajeron los Reyes el año pasado.
-Bueno. Yo, aunque me gasté un poquito en una flor para la tumba de papá, debo tener algo más. En mi primera comunión me echaron bastante y no me he gastado nada salvo lo de la flor.
-¿A ver? ¡Vaya! No hay mucho…
-Pero creo que podremos...
-¿Pero llega? Es que me da tanto miedo verla llorar...


* * *
Sofía no daba crédito a sus ojos. ¿Quién podía haberse acordado de ella y de sus hijos en un día tan señalado? ¿Y quién podía entrar en la casa que no fuera su marido…? ¡Pero él estaba muerto!
Miró por la ventana buscando en la oscuridad, sabiendo de antemano que no vería a nadie. Las calles estaban aún vacías, y la casa en silencio. Dentro de algunas horas, todos los niños del mundo descubrirían los regalos delante de sus balcones.
Delante del balcón del saloncillo de su casa había un collar de cuentas de vidrio de color rojo y ¡un puñado de caramelos para los niños!
Sus niños –pensó- debían dormir aún ajenos al milagro.


* * *
-Pero, Ana –susurró el pequeño mientras miraba la cara sonriente y hermosa de su madre. -Con lo que te gastaste en los caramelos podríamos haberle comprado a mamá la pulsera a juego con el collar…
-No seas tonto –contestó ella disimulando detrás de una sonrisa pícara-. ¿No te das cuenta de que si los Reyes no nos traían nada a nosotros ella sospecharía?
-Tienes razón, Ana. Es que aún soy muy pequeño y se me pasan esas cosas. Menos mal que estás tú.
-¡Bueno, no te preocupes! Pero recuerda que ella no debe saber todavía que los Reyes Magos eran papá. ¿De acuerdo?

María Socorro Mármol Brís (Gaviola), Madrid/Marbella, España

No hay comentarios:

Publicar un comentario