domingo, 2 de agosto de 2009

"Miedo", por Mariángeles Cantalapiedra


El miedo nunca se pierde, no te engañes. Está ahí agazapado esperando su momento, la oportunidad para encogerte el ánimo, roer tus entrañas y hacerse el amo de la situación.
Yo creía haberlo despistado porque el tiempo extravía muchos recuerdos, sin embargo esta mañana me estaba esperando tan embustero como entonces, tan dañino como hace años.
... Bajaba la cuesta camino del trabajo, la mañana era bonita y suave, solitaria porque es verano. No había coches, no había gente... De lejos le vi llegar, no había nadie más: él y yo. Venía tranquilo, de frente, me sonreía –en aquel entonces yo le sonreí también, nada me hacía sospechar lo contrario-, incluso silbaba mientras se acercaba.
Miré a un lado y a otro; nada, sólo el sonido de nuestras pisadas. Hasta los pájaros estaban mudos. Mientras nos íbamos acercando el uno al otro, cada vez más cerca. Mi rostro se congeló aunque mis pasos seguían sin titubeo. De sobra sabía que la experiencia es un grado, para bien y para mal, y que aquella cara que cada vez la veía con más nitidez, no era lo que parecía. Seguro que cuando estuviera a mi altura se abalanzaría toda ella sobre mí como una sombra negra y volvería a suceder lo de antaño.
En décimas de segundo volvió a pasar ante mí la película que el olvido había tragado, las risas mordaces de aquellos dos hombres que creí inocentes trabajadores de regreso a casa, y que posaron sus manos sobre mis brazos, primero, y después mi vestido, el pelo...
He tragado saliva y mis piernas se han negado a continuar; me he quedado pegada al asfalto cual estatua de hielo derritiéndose ante el terror; he cerrado los ojos y he bajado la cabeza.
... Algo o alguien ha rozado mi hombre, no sé qué me ha dicho; he abierto los ojos. No he visto a nadie. Estaba sola, no pasaban ni coches ni gente. A mis pies una paloma comiendo una migajas.
Me he besado mentalmente, secado una lágrima furtiva, y animado a reanudar el camino; "Ya se fue", me he dicho.
En casa se enfadan conmigo porque me asusto con enorme fragilidad; quien no ha experimentado esta clase de pánico, no sabe lo qué es...

MªÁngeles Cantalapiedra, desde Madrid, España

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